Saturday, December 3, 2016

Cenizas

Cuando crezcan, se conviertan en adultos y traten de andar con esos pies su propia vida, se preguntarán qué hicieron para ganarse el lugar en el mundo. Qué pensamientos portaron, qué sentimientos forjaron, qué proyectos, ilusiones y sueños eligieron para sus vidas. Se preguntarán de cuáles gestos de ocasión se arrepienten, cuáles deben reafirmar, qué principios humanos soportarán sus destinos humanos.
Entonces no tuvieron un rostro, pero portaron el ajeno.
La vida se forja en sus primeros años, pero ellos no conocieron el rostro de este hombre. No le oyeron hablar, trazar planes que nunca llegaron a convertirse en algo que ellos pudieron reafirmar. No conocen la historia, su historia, mas allá de las frívolas anécdotas de escuela, repetidas, primorosamente selectas por una religión ubicua que adoptó el apellido de ese rostro.
¿Son eternas las obras de los hombres? ¿Son invencibles?
Así lo creyeron los que levantaron la guillotina en París durante la revolución francesa. También lo creyeron los que asaltaron el Palacio de Invierno en San Petesburgo para comenzar el triste camino de la revolución bolchevique. También los que convirtieron a China en un enorme campo concentrado de rehabilitación política durante su revolución cultural.
Pero con el paso del tiempo una a una las revoluciones, todas, fueron desojando sus pétalos para convertirse en esa broma macabra que generó hordas de fieles, apóstoles y sagrarios.
De la revolución francesa lo que más se recuerda es su guillotina, dibujada en el marco humano del alféizar de la ventana de Robespierre, mientras escribía con letras ardientes las palabras sublimes de su memoria histórica.
De todas ellas quedan memorias. De todas ellas hay quienes aplauden las palabras y esconden los crímenes que las secundaron. De todas quedan los nombres de las víctimas, sicarios y fundadores, seguidores y seguidos. De todas quedan los adoradores y los que las condenan. Y de todas, fundamentalmente, no quedan ni los más sublimes principios por los cuales levantaron sus guillotinas y cadalzos sus seguidores.
¿Quedará algo de la cubana?
Miles de personas enmarcan la caravana de la derrota en camino a Santiago. Es como si Carpentier, desde su tumba, se burlara de su ídolo reescribiendo su «Viaje a la semilla» en una farsa. Todo está calculado, hasta las lágrimas.
La pregunta fundamental es qué se recordará de toda esta comedia en el futuro de Cuba. Esas manos que portan un rostro que no es el suyo, ¿qué decidirán con sus vidas cuando lleguen a la edad adulta?
¿Escaparán de la isla en una balsa?
¿Se apuntarán en la lotería de emigración en la embajada americana?
¿Llenarán ávidos las planillas de su escape en la burocracia canadiense de su embajada en La Habana para viajar a Toronto, Quebec o a cualquier otra ciudad nevada?
¿Desesperados harán la larga cola de espera para solicitar su pasaporte español en la conocida esquina de «La Punta»?
¿Se quedarán en New York durante un aterrizaje de emergencia de su vuelo de regreso a la isla?
¿Se convertirán en «merolicos», cazadores de fortunas, oficiales del gobierno, embaucadores de esquina, profesionales en la agotadora búqueda de su mísero salario?
La realidad insostenible es que muchos de los que se han ido han tenido también sus lagrimas alguna vez por el rostro que portan esas manos. Son lágrimas de arrepentimiento y reproche hoy, ayer fueron lágrimas de júbilo. ¿Tendrán ellos también que arrepentirse?
Esta larga comedia de nueve jornadas es el epitafio ridículo de la historia de un pueblo que, aún desde lejos, cree en los déspotas.
El trágico destino de Cuba es que, por generaciones,creyó más en Maceo ignorando a Martí; creyó más a los generales ignorando a sus patriotas civiles; creyó más en la fuerza ignorando la inteligencia; creyó más en la arrogancia, la mano de hierro, la palabra ardiente, la política de cuartel y las botas de cuero, ignorando la civilidad, la virtud de la democracia y de la temperancia en el uso del poder político, jurídico y social. El pasado de un pueblo es el ladrillo, el barro, el cimiento y cantera filosófica y moral de su destino.
Los cubanos de ambas orillas siguen adorando a déspotas, aún a nombre de su propia democracia. En La Habana lloran a un difunto, en Miami aplauden a un adorador de autocracias: Trump. Es fácil descubrir la huella de esa dolosa herencia de la muerte en Dos Ríos de la verdadera civilidad cubana.
¿Habrá un futuro mejor para estos jóvenes con el rostro ajeno?
Las cenizas recorren la caravana de la derrota en su vuelta a casa. Reposarán cerca de los restos de aquel que quizo hacer de la civilidad en Cuba un templo. Es la misma disyuntiva que tuvieron los cubanos hace más de un siglo. Dos despojos humanos que no comparten nada y se diferencian en todo, en el mismo lugar de reposo.
El símil lo eligió con ironía el mismo hombre de esa foto. Convertirse en cenizas para emular a quien fue el maestro de ceremonia de la civilidad y la democracia en Cuba. Pero como todo hombre viejo, muerto en el último capítulo de su vida, la esclerosis intelectual le jugó la ironía última y fatal de su propia historia: lo sembró en la memoria como el general, pero nunca como el pastor de un pueblo.
Cuba debe elegir entre estas dos cenizas y levantarse sobre su propio cuerpo, por encima de cualquier cadáver. De quien elija dependerá su final, su futuro, su historia.

Monday, November 28, 2016

La larga trayectoria hacia la muerte

Hubiéramos imaginado muchos escenarios, muchas rutas hasta el controvertido momento, muchas maneras y formas del final, pero ninguno hubiera coincidido con la realidad dramática de la extinción. El largo trayecto hacia la muerte significó dos derrotas. La imagen del guerrillero legendario se fue apagando con el tiempo. La desmesurada exposición a los medios, el poder persuasivo de la palabra, bordeando el efecto narcoléptico del encanto que ejecutó el milagro de la adoración primera, generó el conocido cansancio. Las generaciones se sucedieron; los hechos superaron la palabra; la realidad demolió la fantasía. Y devino la indiferencia.
La leyenda fue derrotada.
Y en el otro extremo, los deposeídos, los sin tierra, los abandonados e idos, soñando con la fantasía imposible de la caida, tantas veces anunciadas. Una larga década de espera enterró el ornamento. Ha sido casi como el regalo de una Navidad mucho tiempo anunciada, un regalo atrasado. El vestigio antiguo de un deseo infantil en la edad adulta, cuando toda la modernidad tecnológica nos rodea y abruma. Muchos han muerto en el camino sin verlo, otros ya están a la puerta misma de su mismo destino, la muerte.
La leyenda se extinguió y también el jubilo de su derrota.
A veces me pregunto cómo es posible que los desconocidos, los que no portan los símbolos sagrados de la nacionalidad cubana, los extranjeros, desconocidos de nuestra idiosincracia y nuestros dolores, de nuestras ausencias, y heridas, y fragmentos, hoy deseen levantar el altar de una especie extinguida de entuertos. Nadie le hace el honor a los dinosaurios, son solo esas acartonadas imágenes de museo para turistas y fantasías infantiles, regalo mediocre de pantalones cortos americanos y europeos con sus cámaras ultramodernas y sus teléfonos inteligentes, con la eventual fugacidad y fragilidad de su dinero.
No puedo entender tampoco esa reverencia rancia, humillante, de políticos de Occidente, aplaudiendo la senectud autoritaria de déspotas narcolépticos. La verdad es el antiguo cadáver de la izquierda en La Habana. Y esa izquierda de dinero hizo de aquel muerto la estatua de mármol de una fantasía demolida por el tiempo, donde no quedan ni sus piedras, ni sus cánticos, donde nada ya es una trinchera y todo se demuestra como una farsa, pero se encapricha en rendirle tributos a lo que ya no es, no fue, nunca intentó serlo.
Es repugnancia lo que me provoca Trudeau, para no recordar el desprecio que inspira Correa, Evo y Maduro, las lágrimas de algunos viejos intelectuales de izquierda o la vieja claque de Hollywood, siempre deslumbrada con las luciérnagas por vivir tanto de la fantasía, mientras guardan sus monederos de oro en el seguro banco suizo.
En Cuba, varias generaciones desesperan su historia. Y algunos lloran. Las generaciones perdidas, las que vieron fracasar el intento de una fantasía hoy convocan el tributo lacrimoso de un funeral muchas veces anunciado, hoy definitivo. El cadáver ha estado tendido desde hace una década, hoy son nueve los días para cosechar su entierro.
Y, entonces, aparece esta juventud ordenada, guardando «honor» al déspota de sus víctimas, derramando la lágrima de la larga trayectoria hacia el fallecimiento de un sueño. ¿En qué piensan estos jóvenes cuando derraman la gota sanguinolenta del despido?
¿En las víctimas del muerto? ¿En los muertos que no tuvieron su juicio? ¿En las largas condenas de inocentes por sus ideas? ¿En el fracaso de aspiraciones, deseos y urgencias de tantas generaciones? ¿En los muertos en la peligrosa travesía entre las dos capitales cubanas del encono? ¿En las familias divididas? ¿En los hijos que no pudieron acompañar con sus lágrimas la despedida de madres, hijos, hermanos, familia y amistades? ¿En los que son olvidados en las cárceles, condenados solo por un pensamiento rebelde?
Este que hace pocas horas fue un cadáver nunca mostró un pálido sentimiento filial por familiares, amigos, seguidores, compañeros de lucha, ¡por nadie!
¿A quién se llora?
Realmente, ¿dónde está la responsabilidad intelectual y la sensibilidad humana en un gesto hacia un déspota?
En la historia universal escrita por los pueblos, también hubo otros que lloraron a otros déspotas y lo convirtieron en su sagrario.
Entre las dos aguas que separan las dos más grandes capitales de cubanos nos separa un mar de agustias. El primer deber de todo aquel que se sienta cubano hoy, un día después, tiene que ser el necesario olvido a quien se empeñó en tener la más larga trayectoria a su merecida muerte.

Nota: La foto que encabeza el post fue tomada del «Diario de Cuba». Recoge un acto de «tributo» a Castro.

Saturday, November 26, 2016

La pálida muerte

El poeta latino Horacio, quien vivió en un momento clave en la historia de la antigua Roma, cuando la república se transformaba en un imperio bajo el signo de Augusto, expresó, no sin cierta ironía, que “la pálida muerte llama con el mismo pie a las chozas de los pobres que a los palacios de los reyes”.
Es cierto. La muerte toca todas las puertas. En muchas ocasiones la muerte provoca cambios dramáticos en la historia del mundo, sobre todo cuando se produce en hombres que han mantenido muy atados a su mano los hilos del poder.
Castro ha muerto.
Los cubanos de Miami celebran… ¡por fin! o ¡al fin! o ¡el fin!
Los cubanos de la Habana recorren las calles, tranquilos. La vida continúa… igual.
Nada ha cambiado.
Tal vez la clave en lo que transcurre entre La Habana y Miami tenga que ver mucho con lo que también expresó otro personaje latino, el emperador Marco Aurelio: “Morir no es otra cosa que cambiar de residencia”.
La residencia de Castro ha cambiado, pero aún quedan otros… y también con el mismo apellido.
¿Vale la pena celebrar?
¿Es mejor guardar silencio?
Las pompas fastuosas atravesarán la isla por nueve dias. Un cadáver expuesto en un sarcófago debajo de un monolito de piedra en una plaza. Unas cenizas veladas en otra plaza en el Oriente. Un cementerio.
Es una figura que ha marcado la vida humana del cubano. Un nombre apagado por más de diez años, pero que se agarra como un grillete a generaciones sin que puedan liberarse de su marca.
La «pálida muerte» ha llamado al rey, pero nos queda algún otro. Lo peor, queda el mausoleo, la argamasa, la complicidad silenciosa, el exterminio olvidado, la lacitud del desesperado. ¿Tendrá razón entonces Marco Aurelio?
Yo pienso que sí. Yo pienso que el cubano ya ha enterrado a Castro desde hace ya más de una década. Lo ha olvidado, pero ha sucumbido a esa otra residencia suya, la de estar muerto pero con otra sobrevida segura.
Aquel dedo no señalará ninguna otra muerte, ningún otro juicio, ningún otro destino desterrado… pero habrán otros dedos para hacerlo, y ejecutarlo, y sobrevivirlo.
Aquel perfil no reaparecerá más en los periódicos y revistas, noticieros nocturnos, plazas y mercados… pero habrán otros rostros, otros perfiles castrados, otra marca de castración cubana.
Anoche marcó el inicio de la cantata por su leyenda, tendremos que sobreescribirla, borrarla, destruirla, convertirla en cenizas, desaparecerla.
Nada habrá cambiado hasta que enterremos su sobrevida.
¿Para qué celebrar entonces?

Sunday, August 21, 2016

Yo no soy exCubano

Hay una raza vil de hombres tenaces de sí propios inflados, y hechos todos, todos del pelo al pie, de garra y diente; y hay otros, como flor, que al viento exhalan en el amor del hombre su perfume. Como en el bosque hay tórtolas y fieras y plantas insectívoras y pura sensitiva y clavel en los jardines. De alma de hombres los unos se alimentan: los otros sus almas dan a que se nutran y perfumen sus dientes los glotones.
No puedo reclamar estas palabras. Quisiera hacerlo. Quisiera haber sido el hacedor de esos fieros versos y tener la memoria de haberlos escrito. Tienen la letra de fuego de alguien que me hicieron admirar, con fervoroso fuego, mis padres, mis buenos maestros, los buenos, los que aún tenían memoria y la veneraban con su honradez, y preservaban la palabra, los versos sin tintes políticos, sin trincheras ideológicas, sin acentos de oportunidad.
Son versos del Apóstol. ¿Acaso tengo que decirlo? ¿No lo conocemos todos? ¿Tengo que recordar su nombre y no tener que nombrarle aquí, decirle Apóstol?
Alguna vez hasta quisieron desaparecer esa palabra, los que no profesan nada más que su catequismo de miedo.
Aun antes de irme de Cuba, aun antes de coger aquel avión, mirar desde la ventanilla redonda, como desde el ojo de Dios, el contorno terrestre de mi país alejarse en el horizonte, sabía que mi país se esfumaba en la palabra, el intelecto y la espiritualidad de nuestros jóvenes. En Cuba ya no se habla de identidad, de patrimonio y desde mucho tiempo el vocablo «memoria» define un concepto diferente al que aprendí desde niño, entre los míos, y entre los maestros que hoy son también mi memoria.
En la redefinición oficial al sustantivo le acompaña un adverbio ideológico. Y el contorno desapareció el pasado para sustituir un patrimonio que no encontró un sustituto, que no halló el equivalente necesario para nuestra sobrevida espiritual. La joven generación no tiene espíritu. O, mejor, tiene el equivalente equívoco del vacío espiritual que le conformó el medio ambiente político en que creció, esa generación, y se convirtió en adultez, y se marchó a otros contornos geográficos.
Nada de eso sucedió en nuestro pasado. Nada de eso constituye la memoria histórica de nuestros héroes, apóstoles, guerreros. Martí desde sus primeros versos nos recordó que era «un hombre sincero de donde crece la palma».
Eran sus primeros versos. Después llegaron otros que inauguraron una época poética, no solo en Cuba, sino en nuestro contorno literario latinoamericano. En sus poemas libres nos recordó que «Cuba nos une en extranjero suelo, auras de Cuba nuestro amor desea: Cuba es tu corazón, Cuba es mi cielo, Cuba en tu libro mi palabra sea».
La primera agresión que sufrimos estos cincuenta años a nuestra memoria histórica la cometieron cuando trataron de dividir nuestra nacionalidad, cuando trataron de hacernos expatriados, excubanos, cuando trataron de transformar la cubanía en un istmo. Es el único patrimonio ideológico que ha preservado esa raza de enanos que nos han gobernado y destruido.
Nos convirtieron en «gusano» para de alguna manera cosmopolita asociarse con el nazismo. No éramos un pueblo de judíos, pero por magia ideológica nos reconvirtieron en aquel holocausto. Lo que sucede con nuestro patrimonio espiritual y cultural es la consecuencia de esa agresión, de ese exterminio.
Es por eso que cuando leí las palabras de Yasmani Copello no pude dejar de recordar en Twitter que estaba equivocado. Tengo que ofrecerle la débil excusa de ser él mismo la consecuencia orgánica de esa agresión a nuestro patrimonio espiritual común. Nos recuerda que su medalla no es de Cuba por las mismas razones que muchos cubanos hoy no reconocen sus símbolos patrios como un patrimonio aséptico a ideologías. Hay algunos que aun, precisamente por esas agresiones, nos despojan ya de esos símbolos. Me los han escrito en comentarios y tweets en mis años en las redes sociales. De esas redes proviene un muy saludable anticuerpo que ha ido creciendo, pobremente, lo admito, pero imprescindible, a los sórdidos comentarios de un libelo televisivo que conduce un miserable «que al buey sin pena imita».
¿Tengo que recordarte al Apóstol, Randy Alonso?
En «Yugo y Estrella» te retrata con letras de fuego: «Todo el que lleva luz se queda solo; pero el hombre que al buey sin pena imita, buey torna a ser, y en apagado bruto la escala universal de nuevo empieza.»
#YoNoSoyExCubano nació como reacción, como anticuerpo de algunos cubanos a las palabras soeces de esta «raza vil de hombres tenaces, de sí propios inflados, y hechos todos, todos del pelo al pie, de garra y diente». Las palabras inmundas de Alonso fueron defecadas contra el cubano Orlando Ortega, vallista cubano en el equipo español que le dio la medalla plateada a ese país en atletismo.
No ha sido la primera vez, no será la última. No es un desprecio, es el desecho espiritual de esta «raza vil de hombres». No vale la pena recordarle a Randy Alonso que Cuba es algo más intangible, algo más elevado y perdurable que una ideología, un proyecto político, el que fuere, que un partido, una agrupación senil de dictadores.
Cuba es algo intangible que escapa definición, trayectoria móvil, verso, palabra, categoría filosófica en gastadas enciclopedias de marxismo, objeto, sujeto, premonición, deseo. Aun cuando nos desprendamos, por indiferencia, maldad o ignorancia ese concepto humano permanece en nuestra sangre, atraviesa nuestros cuerpos, se convierte en hálito movible en nuestras venas, sobrevive en nuestros movimientos, palabras, pasiones, olores y desalientos. Somos el fruto de una cultura que desgarró con letras furiosas nuestro transcurso en la vida. Son huellas que ni el tiempo, ni los mortales despreciables gobernantes del miedo, ni secuaces petimetres, inquilinos de la usura, podrán desgarrar, borrar, desaparecer.
¡A todos nos pertenece!
No es una bandera, aunque sea un símbolo; no es un himno, aunque sean palabras de fuego; no es un pájaro cantor, un escudo, una palma, un color, letras escritas en verso en una canción, danza, sabores exóticos, esperma hirviente de nuestras entrañas.
Cuba está más allá de nuestras mismas manos y desengaños propios. Sobrevive porque no está anclada en filosofías, ni siquiera en versos, aun los más trascendentales y sublimes.
Nadie sabe lo que es. Ni Orlando Ortega, ni Yasmani Copello, ni el miserable espectro de Randy Alonso. No se hace imprescindible recordar que muchos Randys han poblado el istmo de Cuba en estos cincuenta años. Ninguno ha trascendido su estatura. Ninguno ha tenido memoria, ha sobrevivido su silencio y olvido. Pero de todo ese pasado, de esa memoria que han querido reescribir y rehacer, de nuevo Martí emerge, invencible, primer mártir de aquel holocausto, y nos habla desde lo profundo en su «Banquete de tiranos»:
 “Como en el bosque hay tórtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres los unos se alimentan:
Los otros sus almas dan a que se nutran
Y perfumen sus dientes los glotones.”
Se me hace imprescindible volverlo a recordar.

Sunday, August 14, 2016

La sombra

No hay otro, es Borges en su plenitud. «El animal ha muerto o casi ha muerto; quedan el hombre y su alma». Con la punta borrosa del lápiz remata la redondez de la palabra, «humanos». Una redondez inhumana que remata con un punto final. Lo imagino humedeciendo la punta oscura de grafito en los labios secos. Los dedos largos, las uñas pulcramente ovaladas en un retoque casi femenino que recuerda la vejez. Vejez, memoria y silencio.
«Las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros». Borges se ríe de la sombra, desde la vejez. Su lápiz afilado no ha perdido su punta. Retrocede, pero es un viaje infantil al hombre que fue, entero. Es una reafirmación de sí mismo, no una pérdida. Atrás no ha manchado ningún papel, ha dejado notas regadas, pero no son poemas dolorosos a la vida de otros hombres. Se ha visto a sí mismo, no a los demás. A juzgado a su sombra, no a la de los otros. Ha llegado a su centro, a su álgebra, su clave, su espejo.
«Pronto sabré quién soy», presiente.
Pero el otro nació con la plenitud de su predestino. Predestinó su álgebra, su clave, su espejo. Se reconoció entonces superior, intentó serlo. Su vida ha sido la utopía de sí mismo frente a la desgracia del hombre pequeño. El  trayecto hasta la mortalidad ha sido el juego macabro de levantarse sobre los otros de ese intento.
Hoy las mujeres ya no le parecen lo que fueron hace tantos años. No reconoce las esquina. Las letras se le pierden en las páginas de los libros. Y en su desdicha parece querer reescribirlos otra ver. Reiventar su historia. Volverse a nacer en el Birán del padre, en la mirada huraña del jesuita, en el dedo inquisidor de Chivás, en la trágica soledad de los que le aplauden en el precipicio asfaltado de las plazas.
Es un hombre en la soledad y en su soledad. Sobre las cabezas oscuras de los que le atienden, se extiende desmesuradamente una sombra que nadie logra borrar. Esta allí, sobre todos. Es la guillotina silenciosa de Robespierre sobre las cabezas de generaciones enteras de cubanos.
Unos se marchan en balsa, otros atraviesan selvas, recorren caminos y pueblos, se marcha, vuelan, sucumben, pero sobrevive «la firme espada», «la luna» y «los actos de los muertos». Otros cierran sus puertas en La Habana, pero la sombra se escurre entre los visillos, el calor, las noches calientes de apagones.
«Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas», le increpa Borges con palabras y versos.
Quizo reescribirlo todo. Las comidas, las historias, las agrupaciones de los hombres, la sexualidad desinhibida de los adolescentes, las canciones, el hábito temprano del que cultiva su huerto, o el campo, los calderos de las madres, las modas tropicales, los perfumes, el aliento, las palabras. Nada escapó a la comedia nacional. Hasta la forma en que nuestras abuelas nos cocinaban nuestro arroz blanco sucumbió a sus dedos. Los trajes de los novios, la plancha necesaria en la casa, la forma destemplada de hacer el amor, la curva en que la pelota se lanza en el poblado estadio del pueblo.
Ni nosotros sobrevivimos a su infierno. Flota. Navega. Sobrevive naufragios, escapes, traiciones y vuelos.
Corren y saltan y golpean en Rio. La sombra aun se les inmiscuye en Miami cuando se acuestan a hacer el amor a cualquier encuentro fortuito. No nos libramos incluso de su nombre. Nos lo recuerdan dolorosamente cada vez que, sentado en su silla en algún punto cero, afila con su dentadura gastada el lápiz y apunta, mortíferamente, a nuestra memoria.
«Aún estoy aquí, todavía sobrevivo», parece decir.
«Esta penumbra es lenta y no duele; fluye por un manso declive y se parece a la eternidad.» Le presta Borges el verso.
Y es una eternidad.
Lo peor de la tragedia es que seguimos, indeleblemente, con el muerto cargado a nuestras espaldas. Somos el hombre con el ladrillo de Bretch, para mostrarle al mundo como es nuestra casa. No lo enterramos. No olvidamos la memoria. Traspasamos nuestras vidas a otras alfombras, otros pasos, otras cortinas y otro teatro. Pero él aún sigue allí, condenándonos.
No es una Némesis a nuestra memoria y sobrevida. La Némesis somos nosotros que la reeditamos. A pesar de que aquel nunca fue el hombre, y a pesar de Borges, y sus versos, y las palabras escritas en tantos diarios del mundo, careció de alma y nosotros arrastramos la sombra del que no fue y quiso serlo. No valen los noventa años. Ni las manos, las palabras, el libro, la punta aredondeada del lápiz, los dedos, las uñas, el destino insepulcrable de la sombra. Nada de eso existe sin nosotros, sin nuestra acción de renacerlo. Somos nosotros los que le agregamos vida, y edad, y memoria.
Bastaría hacerle silencio para verle morir, pero nos aferramos a la palabra que le sopla memoria, y edad, y sobrevida.
Hagámosle un favor al muerto, ofrezcámosle el silencio. Allí, al doblar las esquinas y para de encontrar las letras en los libros, sucumbirá, y lo que alguna vez pareció eternidad solo mostrará la mortalidad de un tiempo inexistente.
Porque la sombra solo existe si hacemos que sobreviva el hombre.

Friday, August 12, 2016

Trump y el problema cubano


He aquí el dilema fundacional y funcional del cubano. Y fíjense que digo fundacional y funcional. Desde el surgimiento de la lucha por la formación de nuestro país y nuestra nacionalidad hubo un grupo, creciente o decreciente en dependencia de la época y las circunstancias, que centró su búsqueda y su lucha en algún factor foráneo, muy fundamentalmente en las fuerzas políticas de los Estados Unidos, su interés de incorporar Cuba al grupo de territorios que compone hoy esa federación.
No sucedió, pero nunca el concepto y la estrategia política del cubano abandonó aquella intención originaria. Basta solo buscar ese rastro en la historia política y social de nuestro país para encontrarlo. Tal vez el símbolo más evidente y superficial pudiéramos hallarlo en nuestra propia bandera: creación de un anexionista, Narciso López, en lugar de la clara opción independentista que siempre significó Carlos Manuel de Céspedes. Pero esto es un accidente casi circunstancial, sin dejar de marcar su huella indeleble en el espíritu cubano de toda nuestra historia.
Tal vez y en ese sentido la peor tragedia sufrida por nuestro país como nación por ser y ser fue la muerte de Martí, porque perdimos al intelectual, político y poeta más cosmopolita de nuestra historia, sin constituir su independentismo una expresión estrecha de su cosmopolitismo, sino un nacionalismo de espíritu internacional. Su ausencia nos reconvirtió la isla que éramos en el promontorio y península que somos.
Cuando Fidel Castro tomó el poder en 1959, toda su retórica política fue reinterpretar aquel pensamiento nacional-internacionalista de Martí, despojarlo de su espíritu democrático y cosmopolita y atrincherarlo en la doctrina del nacionalismo más estrecho, de cuartel y trincheras, de barricadas y discursos. Desde entonces, y por más de 50 años, el régimen cubano nos ha vendido la imagen de un país independiente, nacionalista, aferrado intrínsecamente en las raíces de su cubanía.
No se entiende entonces por qué la nación escapa en vez de enclavarse en su geografía. No se explica por qué de desarrollar su economía a base de las fuerzas productivas cubanas, depende su existencia del vampirismo foráneo a sistemas, países, agrupaciones políticas y alianzas ideológicas.
El resultado ha sido no haber tenido una política exterior verdaderamente independiente en su historia. Hemos sido agregados de algún otro. Dependientes de la brújula de intereses políticos norteamericanos en la primera mitad del siglo XX, accesorio político de la expansión soviética en América en su segunda mitad. Hoy nadamos en el limbo. Seguimos teniendo el mismo parasitismo económico, y por ende político, de otros y no hacemos más que zozobrar en esta veleta de dependencia extranjera a la sobrevivencia económico-política. Somos el remanente raro de una época desaparecida, el parásito político en un mundo que se ha reestructurado ya muchas veces.
Y esta es nuestra segunda tragedia.
Al vampirismo político no sucumbe solo el castrismo, sino también el anticastrismo. Son páginas de un mismo libro. La primera oleada de la emigración política pos Castro le reclamó, desvergonzadamente, a las administraciones americanas que resolvieran lo que esencialmente era su problema: enfrentar la cosmopolitización soviética en Cuba.
Y así la segunda, y la tercera, y todas las otras llegando a la actual.
Si hoy queremos deshacernos de Castro y sus continuadores primero debemos de formar esa continuación. Tengo que hacer una no muy difícil confesión: causa lástima escuchar a la oposición cubana. Causa lástima ver la confrontación televisiva entre José Daniel Ferrer y el pederasta ideológico Edmundo García. Los argumentos del poliglota rancio del castrismo en Estados Unidos, fácilmente deconstructibles, se convierten en una muralla de barro, patéticamente indestructible, en las palabras de Ferrer. Es sencillamente patético.
Pero eso no es lo fundamental. Lo esencial en la confrontación entre Ferrer y García es que los dos demuestran a la saciedad lo que es evidente: no existe una alternativa al pensamiento y el accionar cubano más allá de la que representa el continuismo devastador del castrismo o la apelación a lo que ha sido la política del parasitismo al «buen vecino»: los Estados Unidos.
El anuncio de la nueva política de Obama hacia el régimen de Cuba me encontró entre los que la rechazaron y la atacaron con la dolorosa premonición de iba a ser un paso sin retorno. Han pasado dos años, Cuba no ha cambiado mucho y la vida sigue su curso en todos los sentidos, menos en uno. Los cubanos no hemos aprendido la más importante lección que la historia ha dado a todas las naciones del mundo: para sobrevivir, para constituirse en nación, cada país tiene que caminar sobre sus propios cimientos, sus ciudadanos tienen que construirlas por sí mismos y el apoyo extranjero solo puede medirse en solidaridad, pero nunca como un factor de cambio.
La realidad de la política norteamericana hacia Cuba es una: no puede ser cambiada por los sucesores de Obama, cualesquiera que sean, sin erosionar su propio prestigio internacional y su propio crédito político en el entorno mundial. Hay que ser realistas, la política de Obama llegó para quedarse y significa un verdadero cambio. La incoherencia en política se paga con aislamiento. La política americana hacia el régimen cubano nunca ha sido acompañada por ninguna de las otras naciones del primer mundo que, hay que decirlo, se apresuraron a ocupar el sitio que ocupó aquel en el nuestro país.
Hay que decir algo más. ¿Por qué tenemos que pedirle más a los Estados Unidos que a Europa? ¿Por qué ser demasiado benévolos con unos y demasiado estrictos con el otro?
Debo agregar algo más: La política de Obama  es la correcta.
Aceptando la existencia del enemigo en Cuba Obama retornó a los cubanos el lugar que le corresponde: luchar por su propio futuro, ser el actor fundamental del cambio y no su accesorio. Necesita, por supuesto, él o su sucesor, cambiar algo más: la ley que ampara el éxodo de cubanos, no por su extraterritorialidad, sino porque discrimina al resto de sus emigrantes en aquel país. Y también tienen que cambiar el embargo, ya no tiene sentido.
¿Se sorprenden que lo diga? Yo también me opuse al levantamiento de ese embargo, y con toda razón. Los que le condenaron porque no tenía ningún sentido siempre olvidaron que los que lo condenaron, y se apresuraron a comerciar con el régimen de Cuba, traicionando al aliado que les tendió una mano en el peor de sus momentos, demostraron que la negociación tampoco resolvía el problema cubano. Para ser honestos debemos decir que ninguna de las dos «soluciones» lo resuelve, por una razón: el cubano ha cedido su papel a algún otro, de ser actor se ha convertido en accesorio.
Y es aquí donde viene a llegar el dilema de las actuales elecciones en los Estados Unidos. Una agrupación cubana denominada «Foro por los Derechos y Libertades», formada por un grupo muy disímil, y debilitado, de agrupaciones opositoras – digámoslo de una vez, muy anémicas – ha lanzado una campaña a los dos más visibles candidatos a la presidencia de los Estados Unidos: Hillary Clinton y Donald Trump.
Como petición de solidaridad no es un mal gesto, pero desgraciadamente algunos de sus componentes hacen sospechar, con demasía, que el sentido del petitorio sigue el curso del dilema fundacional y funcional, como decía al inicio, de nuestra historia como nación: dependencia funcional del «buen vecino».
Es hora que acabemos de darnos cuenta que el defecto fundacional de nuestra misma historia como nación ha sido este dilema. Pre castrismo y pos castrismo, pro norteamericanismo y pro sovietismo. Y no es que eludamos la búsqueda de nuestros amigos en el campo más cercano a nuestras posiciones políticas, lo que no puede ocurrir es que estemos en nuestro petitorio a otros de lo que tenemos que hacer nosotros mismos, acudiendo a nuestros propios conciudadanos.
La política de Obama es correcta porque devuelve a los cubanos su protagonismo. Somos nosotros los que tenemos que hacer cambiar nuestra historia, y por tanto los componentes de este petitorio a los candidatos presidenciales norteamericanos es otro de nuestras mistificaciones políticas y nuestros errores funcionales.
Y ya que hablamos de los candidatos. Clinton fue factor fundamental para el cambio de política de Obama, lo dice en su libro y lo ha dicho públicamente en su candidatura, será su continuidad. En lo que respecta a Trump las aguas se enturbian en su totalidad.
Los cubanos que hoy sueñan, suspiran y se encaprichan con el candidato se equivocan por partida doble. Trump no cambiará nada si llega a la presidencia, y será un componente corruptor en su accionar con el régimen cubano. Ya lo ha sido. Antes que Obama cambiara la dirección de la política americana hacia Cuba, los representantes del magnate ya acudían a Cuba, silenciosamente, exploraban codiciosamente el terreno de su expansión. Cuba sería en una supuesta presidencia Trump la India o el Bangladesh de este petimetre. Y el gobierno cubano amablemente le concedería presencia y arrendamiento cómodo, como hoy se lo concede a los trabajadores indios en la expansión de los aeropuertos cubanos.
Para su país, aquellos que en Estados Unidos apoyan y siguen ciegamente al magnate de bienes raíces están colocando los cimientos suicidas del final del sueño americano. Y los cubanos que apuestan a la victoria de Trump están concediéndole el ticket barato al continuismo castrista. Seríamos la fábrica de corbatas Trump, la maquiladora de trajes, la industria local de muebles para los negocios trasatlánticos del errático candidato, la mano de obra barata, los 30 centavos de esclavitud, el tratado transpacífico del Caribe para el magnate, la Suiza tropical para la evasión de los impuestos de multimillonario Don.
Trump ha demostrado en demasía, en negocios y en política, que no le interesa nada más que su figura en el espejo, erigirse sobre los hombros del 99.99999% de los demás a quienes considera mediocres y a quienes ni considera más allá de la estatura de su propia existencia. Aquellos que lo apoyan no solo se colocan del lado de los que soportan la política más rapaz, sino que acompañarían mañana, con el aval galante del castrismo, en convertir a Cuba en el paraíso fiscal de la evasión de impuestos, gracias a las «superiores» dotes de negociador de este filibustero. Recabar su apoyo es apelar a la sumisión de la nación cubana a la presunción, la arrogancia y la ambición desmedida del más grande, peor y más errático representante de la dolarocracia norteamericana, aquella que nos veía como «una fruta», a madurar o a recoger podrida., que regala dinero para recabar favores, que no teme mentir para después aun volver a mentir bajo juramento para volver a mentir al decir que no mintió. Inescrupuloso, arrogante, corrupto hasta la médula de ignorar su propia corruptibilidad, cínico, mordaz, petulante. Como dice Andy Robinson, ahorrándonos, por supuesto, su pro-izquierdismo:
“Trump es la expresión máxima de la dolarocracia y, al mismo tiempo, la subvierte porque … él sabe perfectamente que el sistema es un sistema amañado y corrupto porque ha sido testigo y protagonista de esa corrupción” 
Para desgracia de Cuba y de los cubanos, el futuro no parece tener mucho cambio. No existe la figura del cambio, no existe la intención del cambio, no existe ni siquiera la comprensión de la necesidad del cambio. Y el dilema que se percibe no es ni siquiera un dilema, porque no existe el componente de oposición al continuismo, lo que existe es un doble-continuismo: del régimen y de la oposición.
Así el problema no reside ni siquiera en Trump, en Clinton o en Castro, el problema esencialmente es que aun, a estas alturas de nuestro siglo, Cuba se debate en  la disfuncionalidad de su existencia como nación.

Monday, August 8, 2016

El carácter en el espejo

El hombre en el espejo se mira, ensaya la mirada, el gesto, detalla el rictus de la boca, las líneas del cuello. Se arregla con esmero casi coqueto las lisas guedejas rubias. No le gusta la gomina porque puede reflejar, con ese oculto pudor que posee, que algo femenino esconde, algo que va más allá del muy caro traje azul, la corbata roja, larga, escrupulosamente larga, como el singular objeto fálico que intenta reafirmar, por sí mismo, una masculinidad sobredimensionada más allá de las pequeñas manos en el espejo, minúsculos testigos indiscretos de su estatura.
Todo se ha convertido en esta persona en el carácter que se refleja en el espejo. Hasta los sobredimensionados trajes caros murmuran una palabra del individuo que pretende ser y no es. Una o dos tallas más grandes, una o dos tallas que cuelgan para animar el personaje que quiso ser y no fue, y que se transfigura en esa imagen de ilusión en la superficie perlada que personaliza su reflejo.
En aquel la obscenidad se transforma en «el mejor temperamento»; la arrogancia, en distinción de realeza de príncipe elegido; la palabra, en elocuencia de inteligencia superior al humano medio; la histeria, en carisma; la blasfemia, en pudor; el odio, en pizca divina de elocuencia; el desprecio, en instante fugaz de divinidad; la pomposidad, en discreción de humanidad suprema.
No, no es un monstruo, es un príncipe, aclaman. La corrección es de mediocres, seres patéticos que retornan del paraíso para poblar la mediocridad. Los demás deben arrastrarla desde la estatura de cuerpo, él se levanta sobre aquellos, los hace sucumbir, los desprecia y dice adiós hasta la sombra que lo acompaña del otro lado del espejo, y allí despide hasta la última línea de decrepites que se descubre alrededor de sus propios ojos.
No sucumbe a la disculpa. No termina las oraciones en la palabra. No reconoce otra humanidad más allá de su imagen en aquel espejo. Nunca, ¡jamás!, ha habido un caso más evidente de discrepancia entre la capacidad y las exigencias de una imagen.
En su ático perlado, sobre la alturas mortales de 66 niveles humanos, el moderno Narciso sobrevive entre acentos dorados de 24 quilates que lo adornan todo: las lámparas dieciochescas, la porcelana de china, las bañeras de mármol, el techo abovedado de la sala de estar, pintado con un fresco de mortales jóvenes ligeras de ropa, las cucharas de plata, las figurinas de amanerados arabescos, las cortinas de seda, la larga y gruesa alfombra de Persia por la que los mortales visitantes de ocasión deben caminar en estériles botines de algodón, guardados primorosamente en un armario con perfiles de nacar y oro, primorosamente organizados por tamaño, color y sexo en el salón de entrada, debajo de un cuadro a estatura natural de esa imagen del espejo, al perfecto estilo de un decimonónico François Hyacinthe Rigaud.
El carácter en el espejo es todo presunción y petulancia. Perfección.
No busquéis la huella minúscula de racismo, la xenofobia estéril, la misoginia rampante, la grosería y el esperpento, tampoco el ridículo. Ni disculpas ni agradecimientos. En el espejo solo vive su carácter. Y allí, solo, en su propio mundo perlado, nadie más lo sobrevive.
¿Los demás? Los demás esperan ante el cuerpo material de su imagen. Aplauden cuando deben aplaudir; gritan cuando deben gritar; blasfeman cuando deben hacerlo; adoran cuando la sonrisa infalible del espejo contorsiona el gesto, lo torna hostil, hunde aquel dedo infalible en el espacio inmaterial y las rubias guedejas se levantan como rabiosas llamas en el infierno. Desde allí, otros son los diablos, otros los demonios, otros.
Es un monstruo, pero está ajeno a su propia verdad.
Es un ignorante, pero ignora su propia ignorancia.
Es un iletrado, pero los libros no tienen sobrevida en aquel espejo.
No tiene alma, pero se prescribe belleza.
Narciso también era bello. Tan bello y tan joven que las jóvenes, frescas y hermosas de todas latitudes, perseguían su belleza y se entregaban a aquel dios exuberante y perfecto. Pero él solo admiraba su imagen en la fuente donde iba a calmar la sed de caminante. Se enamoró de sí mismo. La imagen se inventó su propia imagen y recreó un mundo, para olvidar el otro. Desde entonces nada existió mas allá aquella realidad, su realidad.
Hoy vaga por algún lugar, trata de recuperar la corona para atrapar al príncipe que vive sin alma en el espejo.
¿Y los demás? ¿Aquellos que miran esta dramaturgia del hechizo?
¿Cuánta oportunidad se le debe dar a la ignorancia para comprender que es la ignorancia?
¿Cuánta oportunidad se le debe otorgar al ignorante para que comprenda que es un ignorante?
¿Cuánta oportunidad se le debe ofrecer a Narciso para que entienda de una vez, y por todas, de que esa imagen, aquella en la que se acicala las rubias guedejas, el rictus orgulloso de la frente y hasta la simulada sonrisa, es solo el reflejo de un carácter que no existe, un carácter en el espejo?
Hay una historia de Narciso contada por el poeta y escritor inglés Oscar Wilde. Se llama «The story of Narcissus», y en ella cuenta el escritor:
“Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí y me miraba, veía yo en el espejo de sus ojos el reflejo de la belleza de mis aguas.”