Si de algo sirven los clásicos de la antigüedad
es para volver a ellos y ver, con ojos frescos pero a la vez lúcidos, la
realidad con un nuevo sentido. Ver la luz quizás por primera vez, o percatarse
de ese pequeño pedazo de realidad de la que antes no nos dimos cuenta o nos
perdimos en el laberinto de causas y consecuencias.
Los cubanos llevamos 54 años tratando de
encontrar un camino común, algo que nos una a todos para enfrentar una historia
de fracturas, destierros, heridas y ausencias. No lo hemos encontrado, y en el
camino nos hemos quedado encadenados a esa cueva que Platón describía en su clásico
“La Republica”. ¿Qué decía el filósofo
griego?
En la alegoría de la caverna Platón nos describe
una cueva en la cual se encuentra un grupo de hombres, prisioneros desde su
nacimiento por cadenas que lo sujetan a las paredes de la caverna por el cuello
y las piernas, imposibilitados de moverse y mirar a sus lados sólo pueden mirar
al frente, a la pared del fondo, sin poder jamás observar el mundo que los
rodea a sus lados, la gente encadenada que comparte su destino, el resto de la
caverna poblada de hombres.
Detrás de ellos un muro los separa de la
entrada de la cueva y entre ellos una hoguera (ver imagen del post). Entre la
hoguera y el muro una procesión de elegidos circulan portando objetos cuyas
sombras, gracias a la luz intensa de esa hoguera, se proyectan en la pared del
fondo, única visión que pueden percibir esos hombres encadenados, aislados en
su vida por esa pared, prisioneros a esas sombras que le cruzan a sus ojos como
única visión de vida en la caverna.
Esas sombras son sus únicas verdades, la única
realidad imaginada y conocida y, “gracias” a las desgraciadas circunstancias de
su encadenamiento, son las únicas verdades universales en sus vidas. Unas
verdades eternas, rotundas, definitivas. Nada que acontezca a sus espaldas le
es conocido. Nunca verán la luz del sol a la salida de la caverna.
Platón cuenta lo que ocurriría si uno de esos
hombres fuese liberado y obligado a volverse hacia la luz, salir de esa cueva
para contemplar de ese modo una nueva realidad, un nuevo mundo que no es de
sombras, una realidad más profunda y completa, causa y fundamento de aquella a
la que estaba encadenado de por vida, y que solo estaba compuesta de
apariencias sensibles, sombras de algún otro tras la pared.
Una vez libre, desatado del muro de las
apariencias, ese hombre es obligado a encaminarse hacia la salida de la
caverna, al mundo exterior que nunca ha visto, a través de una dura y áspera
subida, un camino escarpado y peligroso, pero cuyo final es un mundo nuevo,
brillante y verde, luminoso.
Entonces, solo entonces, el prisionero libre
es obligado a retornar a la cueva para liberar a sus antiguos compañeros en
suplicio. Cuenta Platón que a la voz del hombre libre sus compañeros se burlan,
se ríen, no quieren creerle, le consideran peligroso. Sus ojos se han estropeados
por la claridad del sol, argumentan.
Y así, cuando ese primer hombre libre intenta
desatar al primero de sus compañeros para hacerlo subir y compartir su nueva visión,
su nueva luminosa realidad, los hombres encadenados intentan matarlo o lo
intentarán en un futuro… cuando tengan la oportunidad de atraparlo.
Así termina la alegoría de la caverna de Platón.
¿No les suena conocido? ¿No les parece ser
parte de una historia que todos compartimos y llevamos dentro en nuestro espíritu
desde que nacimos en esa pequeña isla, en aquella pequeña cueva, atados a la
conocida pared, encadenados de manos y cuello?
Para mi Cuba es la re-encarnación de esas
palabras de Platón. No hay que agregar ni una más. Todo está allí. Sin embargo…
Más de dos millones de cubanos viven fuera de
esa cueva en forma de isla y, aparentemente, han escapado de la cueva y miran
la luz, caminan libres por el mundo, son incluso capaces de retornar para
liberar a sus compañeros encadenados.
Pienso, sin embargo, que de este lado de acá,
ya fuera de la cueva hay un grupo de cubanos que se han encadenado, a sí
mismos, a otra caverna diferente. Como sus compañeros en Cuba comparten una
pared, unas sombras, unas cadenas, no miran alrededor, no creen en el hombre
libre que sale de todas las cuevas, y son capaces de matar, ofender, herir
hasta lo profundo del espíritu a quien intente liberarlos de sus cadenas… una
vez más.
Pobres y ricos, letrados y hombres sencillos,
escribientes y escribas, intelectuales e iluminados. Muchos, aunque no tantos
como se piensa y ellos mismos creen. Encontrarlos y encontrarse ellos mismos es
parte de su liberación. Porque esta vez, y para su propia desgracia, nadie vendrá
en su rescate.
O se salvan a sí mismos o desaparecen en vida encadenados
a su propia cueva.